Desde el último rincón de México
Todo empezó ayer en la tarde, Cerca de las 4 yo había acabado mi trabajo: prospectar y entrevistarme con clientes para Kraft. Decidí irme al Cañón del Sumidero. Tomé la carrretera de Tuxtla Gutierrez rumbo a Chiapa de Corzo. Llegué al muelle, solo y pregunté por los barcos que van hacia el Cañón. Un joven me empezó a explicar y en eso llegó una pareja. Un gringo y una señora de Coatzacoalcos. El lanchero nos explicó que el recorrido por el cañón es de 2 horas y media y tenía un costo de 144 pesos por persona. Pero como no habia suficientes personas tenía que ser viaje especial $1400 por viaje. La pareja no quería pagar lo que le correspondía y el lanchero nos sugirió irnos más adelante. “En el mero pueblo hay más gente” dijo. “Tal vez ahí sí se complete el viaje”
Nos fuimos.
En el pueblo, otro lanchero nos dijo que el viaje completo ya no se podía hacer. Era tarde y comenzaría pronto a llover. “Con la lluvia, el barco puede ser aventado por el aire contra las rocas” Nos sugirió el viaje de 1 hra 45 por 900 pesos.
Subimos a la lancha y comenzó el viaje.
Las palabras para describir el Cañon del Sumidero podrían quedarse cortas para explicar la belleza de ese lugar. Unos acantilados de cerca de un kilómetro con una vegetación impresionante. Un recorrido de 22 kilómetros por el río, solo para nosotros tres.
Estaba emocionado. Visitando una de las futuras maravillas del mundo. Pude ver un gran cocodrilo en estado natural, monos araña y diferentes aves de muchos colores. Realmente impresionante.
Nos llevó por el acantilado donde los indios Chiapas se suicidaron hace años, para no ser esclavizados por los españoles. Conocimos también la cueva del silencio: un lugar oscuro y húmedo a las orillas del río. Yo tomé fotos con mi cámara de rollo, como todo un profesional.
También tomé fotos con el celular y se las mandé por mensaje a mi hermano, a Angie y al Bove. Sabía que ellos disfrutarían conmigo.
Más adelante perdí la señal de celular.
Las cosas se comenzaron a complicar cuando, ya de regreso, el lanchero intentó hablar por su celular con un amigo. Le pidió de favor a la señora de Coatzacoalcos que se comunicara con un tal Elesquiel o algo así. Yo empecé a sospechar algo y le pregunté: ¿Se te acabó la gasolina? Él dijo “No, todavía nos queda poquita”.
Nos fuimos.
En el pueblo, otro lanchero nos dijo que el viaje completo ya no se podía hacer. Era tarde y comenzaría pronto a llover. “Con la lluvia, el barco puede ser aventado por el aire contra las rocas” Nos sugirió el viaje de 1 hra 45 por 900 pesos.
Subimos a la lancha y comenzó el viaje.
Las palabras para describir el Cañon del Sumidero podrían quedarse cortas para explicar la belleza de ese lugar. Unos acantilados de cerca de un kilómetro con una vegetación impresionante. Un recorrido de 22 kilómetros por el río, solo para nosotros tres.
Estaba emocionado. Visitando una de las futuras maravillas del mundo. Pude ver un gran cocodrilo en estado natural, monos araña y diferentes aves de muchos colores. Realmente impresionante.
Nos llevó por el acantilado donde los indios Chiapas se suicidaron hace años, para no ser esclavizados por los españoles. Conocimos también la cueva del silencio: un lugar oscuro y húmedo a las orillas del río. Yo tomé fotos con mi cámara de rollo, como todo un profesional.
También tomé fotos con el celular y se las mandé por mensaje a mi hermano, a Angie y al Bove. Sabía que ellos disfrutarían conmigo.
Más adelante perdí la señal de celular.
Las cosas se comenzaron a complicar cuando, ya de regreso, el lanchero intentó hablar por su celular con un amigo. Le pidió de favor a la señora de Coatzacoalcos que se comunicara con un tal Elesquiel o algo así. Yo empecé a sospechar algo y le pregunté: ¿Se te acabó la gasolina? Él dijo “No, todavía nos queda poquita”.
El lanchero logró comunicarse, pero ya no teníamos combustible y todavía estabamos lejos, dentro del cañón. Nos hicimos a la orilla del gran río Grijalva y comenzamos a esperar. Como si fuera planeado, en ese momento empezó a llover como sólo he visto una vez en mi vida. El cielo entero se nos vino abajo.
El lanchero puso la lona para taparnos, pero parecía una burla. El agua entraba por todos lados.
Después llegaron los salvadores. Nos dieron gasolina y se fueron. Nosotros seguimos nuestro camino de regreso con un gran muro de agua frente a nosotros. El agua caía en forma horizontal y yo iba sentado hasta adelante. Con la lancha corriendo en dirección opuesta a la lluvia, pasó lo que tenía que pasar: quedé empapado hasta los calzones. La lluvia golpeaba mi cara tan fuerte que dolía, y el agua se metía entre el chaleco salvavidas y la playera, entre mis pantalones, por todos lados. Intentaba proteger la cámara pero era inútil.
Me coloqué en la proa de la lancha, acostado. Y pensé que estaba viviendo una película: Solo, perdido en el cañón del sumidero, con la amenaza de chocar en cualquier momento contra las grandes rocas de los costados, sin contar los cocodrilos.
Llegamos al muelle hechos una sopa. Me despedí de los señores, con el gringo había platicado de los indígenas mexicanos y de Loussiana, todo en inglés. Creo que me tomó cierto cariño, porque yo hablaba mejor inglés que su mujer.
Hoy tenía que salir temprano de Tuxtla rumbo a Tapachula. Tenía que estar en mi destino a medio día y no conocía la carretera. Me desperté a las 7. Pero entre el aire de las llantas, unos Cd´s que fui a comprar para no dormirme en carretera, la gasolina que el día anterior había llenado y con una sola ida al Wallmart se había terminado, y el hecho de no encontrar la bayoneta del aceite, terminé saliendo de Tuxtla cerca de las 10.
Y comenzó mi viaje hacia el último rincón de México.
Primero, la carretera lucía normal, pero conforme fui avanzando e iban pasando los kilómetros, la selva me iba envolviendo. Cuando vi varios furgones militares, recordé en qué estado de la República me encontraba. “A ver si veo algún zapatista” pensé. Pero no. Lo que sí vi, fueron toda clase de animales. Desde una gran víbora zigzagueando a media carretera (logré pasarla entre las dos llantas del coche), hasta un pájaro amarillo con negro con colores tan vivos como un anuncio de cámara digital o impresora. También vi en la carretera como el coche de adelante atropellaba a una iguana y como ésta se retorcía con movimientos epilépticos, hasta que se recuperó. O murió. (No supe, pero se quedó quieta).
Los kilómetros pasaban y yo disfrutaba de la música de los Fabulosos Cadillac. Por unos momentos me sentí conectado con todo mí alrededor. Mientras las cumbias de Vicentico me acompañaban y la selva me envolvía, algo de Chiapas se iba quedando en mi corazón.
Cerca de la una de la tarde, llegué a un pueblo que se llama Pijijiapan. Ahí vi una desviación hacia la playa. El símbolo azul en la carretera que muestra una palmera y un poco de arena me invitaba a desviar mi camino. “Es mi oportunidad” pensé. Y aunque ya era tarde para otra locura, decidí experimentar. Me metí por la carreterita que me llevaba a Chocohuital. Un camino que aunque estaba pavimentado, parecía que nadie había pasado por ahí hacía años. Después vi una camioneta y pensé “Sí hay personas” La idea de una playa virgen me invitaba a seguir avanzando. “Éste soy yo” pensé, “aventurero hasta el fin”. Recordé la canción “Soy un explorador solitario….”
Llegué al lugar. Tres pequeños restaurantes con señoras gordas acostadas en hamacas y un muelle.
En cuanto acomodé el coche debajo de un árbol, apareció una de las señoras anchas a decirme que me cobraría 20 pesos por estacionar el coche ahí, y como no tuvo cambio, me pidió que le pagara a mi regreso. Le pedí permiso de cambiarme en su baño, por si me metía al mar.
Les pregunté a los jóvenes del muelle cuanto me cobraban por atravesar lo que ellos llaman “Mar Muerto”: un pequeño estero entre tierra firme y la playa, como una laguna de mar.
“Siete pesos” dijo y me pareció poco.
Atravesamos.
Recordé que en alguna ocasión al ver un mapa, me había preguntado como serían esas lagunas de mar y de que ancho sería la franja de tierra que está pegada al mar.
Me preguntó cuanto tiempo estaría en la playa, y yo le comenté que solo comería y caminaría un poco.
Dicho y hecho. Caminé por la dichosa playa, que para ser sinceros me decepcionó un poco, la arena negra y el mar un poco turbio. Y comí unos camarones empanizados que pedí con algo de asco luego de ver que el restaurante tampoco era como lo había imaginado.
Aunque los pedí con miedo, los camarones resultaron estar muy ricos y la vista al mar me relajó.
No podía continuar así. Después de comer y sumado al cansancio de la carretera, el sueño era inevitable. Le pedí a la señora del restaurante su hamaca para echar una siesta. “Un favor” le dije “si no me despierto en 10 minutos, ¿me podría despertar usted?” “Sí joven, con confianza” y dormité un poco.
Regresé por la carreterita hacia mi ruta original. Árboles gigantescos y vacas anoréxicas me saludaban desde ambos lados.
“Ahora sí, directo a Tapachula” pensé, cuando retomaba la autopista. Pero en ese instante, se desata la tormenta. Otra vez, esa cortina impenetrable de agua. Ahí me invadió la soledad. A pesar de estar en contacto todo el día con Angie, y un poco con mis papás, el sentir que iba hacia solo hacia un lugar que nunca había imaginado, me hizo pensar en lo triste que es a veces la vida.
Hasta yo me estoy aburriendo con lo que he escrito, así que iré más rapido.
Llegué a Tapachula. Un lugar espantoso. Parecía la terminal de Toluca cuando había ambulantes, pero así toda la ciudad. “Donde estará el hotel” pensaba. Pregunté a todo mundo y seguía lloviendo a cántaros. Llegué al hotel.
Eran las 6 de la tarde. Mi plan de llegar al medio día había fracasado. “No puedo regresarme mañana sin haber visitado por lo menos a un distribuidor” pensé.
Marque el teléfono de un prospecto que me habían dado y no lo pude localizar. Utilicé el directorio para encontrar a otro y sin pensarlo, me puse camisa, zapatos y un pantalón decente y salí a la calle a buscar un taxi.
En medio del agua tomé uno que pasó frente al hotel. Le di la dirección y me la volvió a preguntar. “2ª norte entre la 14 poniente y las vías del tren” dije. Y la preguntó cerca de cinco veces en el camino. Nunca dimos con el lugar y ya oscurecía. Nos perdimos entre las vías del tren. Y entre el lodo y el reflejo de las luces con las vías pensé “esto parece una película de James Bond”.
El taxista, yo creo que arrepentido, paró en una farmacia y preguntó por la distribuidora de Bonafont. “Está aquí” me dijo cuando regresó al coche. Y sí era ahí, pero ya no eran los distribuidores que yo estaba buscando, es decir, el taxista me ayudó sin darse cuenta.
Cerca de media hora esperé al gerente. Sentado como planta ahí sin moverme. Llegó, hablamos, me dio otro contacto.
Era tarde pero decidí arriesgarme. El taxista me esperaba y le dí la nueva dirección. La volvió a preguntar. “Esque soy nuevo en esto” confesó, aunque yo ya lo sospechaba. “Hoy es mi primer día de taxista”
Después de vueltas llegamos al otro lugar.
Toqué la puerta hasta el cansancio, hablé al celular que me habían dado, y en el momento que me iba a dar por vencido, unas luces de esperanza (los faros del coche) llenaron la oscura y empapada noche. “Son ellos” pensé y lo eran. Entré a su casa cerca de las ocho de la noche y hablé hasta convencerlos. Ya tenía dos distribuidores. Estaba orgulloso de mí. En menos de dos horas y en las condiciones más desfavorables había conseguido a dos distribuidores. Mi jefe estaría orgulloso de mí.
Regresé al hotel que no es tan feo como la ciudad, mañana me regreso temprano para no perder mi vuelo, pero ahora estoy aquí, escribiéndoles a todos ustedes que me leen, desde el último rincón de México.
Saludos
El lanchero puso la lona para taparnos, pero parecía una burla. El agua entraba por todos lados.
Después llegaron los salvadores. Nos dieron gasolina y se fueron. Nosotros seguimos nuestro camino de regreso con un gran muro de agua frente a nosotros. El agua caía en forma horizontal y yo iba sentado hasta adelante. Con la lancha corriendo en dirección opuesta a la lluvia, pasó lo que tenía que pasar: quedé empapado hasta los calzones. La lluvia golpeaba mi cara tan fuerte que dolía, y el agua se metía entre el chaleco salvavidas y la playera, entre mis pantalones, por todos lados. Intentaba proteger la cámara pero era inútil.
Me coloqué en la proa de la lancha, acostado. Y pensé que estaba viviendo una película: Solo, perdido en el cañón del sumidero, con la amenaza de chocar en cualquier momento contra las grandes rocas de los costados, sin contar los cocodrilos.
Llegamos al muelle hechos una sopa. Me despedí de los señores, con el gringo había platicado de los indígenas mexicanos y de Loussiana, todo en inglés. Creo que me tomó cierto cariño, porque yo hablaba mejor inglés que su mujer.
Hoy tenía que salir temprano de Tuxtla rumbo a Tapachula. Tenía que estar en mi destino a medio día y no conocía la carretera. Me desperté a las 7. Pero entre el aire de las llantas, unos Cd´s que fui a comprar para no dormirme en carretera, la gasolina que el día anterior había llenado y con una sola ida al Wallmart se había terminado, y el hecho de no encontrar la bayoneta del aceite, terminé saliendo de Tuxtla cerca de las 10.
Y comenzó mi viaje hacia el último rincón de México.
Primero, la carretera lucía normal, pero conforme fui avanzando e iban pasando los kilómetros, la selva me iba envolviendo. Cuando vi varios furgones militares, recordé en qué estado de la República me encontraba. “A ver si veo algún zapatista” pensé. Pero no. Lo que sí vi, fueron toda clase de animales. Desde una gran víbora zigzagueando a media carretera (logré pasarla entre las dos llantas del coche), hasta un pájaro amarillo con negro con colores tan vivos como un anuncio de cámara digital o impresora. También vi en la carretera como el coche de adelante atropellaba a una iguana y como ésta se retorcía con movimientos epilépticos, hasta que se recuperó. O murió. (No supe, pero se quedó quieta).
Los kilómetros pasaban y yo disfrutaba de la música de los Fabulosos Cadillac. Por unos momentos me sentí conectado con todo mí alrededor. Mientras las cumbias de Vicentico me acompañaban y la selva me envolvía, algo de Chiapas se iba quedando en mi corazón.
Cerca de la una de la tarde, llegué a un pueblo que se llama Pijijiapan. Ahí vi una desviación hacia la playa. El símbolo azul en la carretera que muestra una palmera y un poco de arena me invitaba a desviar mi camino. “Es mi oportunidad” pensé. Y aunque ya era tarde para otra locura, decidí experimentar. Me metí por la carreterita que me llevaba a Chocohuital. Un camino que aunque estaba pavimentado, parecía que nadie había pasado por ahí hacía años. Después vi una camioneta y pensé “Sí hay personas” La idea de una playa virgen me invitaba a seguir avanzando. “Éste soy yo” pensé, “aventurero hasta el fin”. Recordé la canción “Soy un explorador solitario….”
Llegué al lugar. Tres pequeños restaurantes con señoras gordas acostadas en hamacas y un muelle.
En cuanto acomodé el coche debajo de un árbol, apareció una de las señoras anchas a decirme que me cobraría 20 pesos por estacionar el coche ahí, y como no tuvo cambio, me pidió que le pagara a mi regreso. Le pedí permiso de cambiarme en su baño, por si me metía al mar.
Les pregunté a los jóvenes del muelle cuanto me cobraban por atravesar lo que ellos llaman “Mar Muerto”: un pequeño estero entre tierra firme y la playa, como una laguna de mar.
“Siete pesos” dijo y me pareció poco.
Atravesamos.
Recordé que en alguna ocasión al ver un mapa, me había preguntado como serían esas lagunas de mar y de que ancho sería la franja de tierra que está pegada al mar.
Me preguntó cuanto tiempo estaría en la playa, y yo le comenté que solo comería y caminaría un poco.
Dicho y hecho. Caminé por la dichosa playa, que para ser sinceros me decepcionó un poco, la arena negra y el mar un poco turbio. Y comí unos camarones empanizados que pedí con algo de asco luego de ver que el restaurante tampoco era como lo había imaginado.
Aunque los pedí con miedo, los camarones resultaron estar muy ricos y la vista al mar me relajó.
No podía continuar así. Después de comer y sumado al cansancio de la carretera, el sueño era inevitable. Le pedí a la señora del restaurante su hamaca para echar una siesta. “Un favor” le dije “si no me despierto en 10 minutos, ¿me podría despertar usted?” “Sí joven, con confianza” y dormité un poco.
Regresé por la carreterita hacia mi ruta original. Árboles gigantescos y vacas anoréxicas me saludaban desde ambos lados.
“Ahora sí, directo a Tapachula” pensé, cuando retomaba la autopista. Pero en ese instante, se desata la tormenta. Otra vez, esa cortina impenetrable de agua. Ahí me invadió la soledad. A pesar de estar en contacto todo el día con Angie, y un poco con mis papás, el sentir que iba hacia solo hacia un lugar que nunca había imaginado, me hizo pensar en lo triste que es a veces la vida.
Hasta yo me estoy aburriendo con lo que he escrito, así que iré más rapido.
Llegué a Tapachula. Un lugar espantoso. Parecía la terminal de Toluca cuando había ambulantes, pero así toda la ciudad. “Donde estará el hotel” pensaba. Pregunté a todo mundo y seguía lloviendo a cántaros. Llegué al hotel.
Eran las 6 de la tarde. Mi plan de llegar al medio día había fracasado. “No puedo regresarme mañana sin haber visitado por lo menos a un distribuidor” pensé.
Marque el teléfono de un prospecto que me habían dado y no lo pude localizar. Utilicé el directorio para encontrar a otro y sin pensarlo, me puse camisa, zapatos y un pantalón decente y salí a la calle a buscar un taxi.
En medio del agua tomé uno que pasó frente al hotel. Le di la dirección y me la volvió a preguntar. “2ª norte entre la 14 poniente y las vías del tren” dije. Y la preguntó cerca de cinco veces en el camino. Nunca dimos con el lugar y ya oscurecía. Nos perdimos entre las vías del tren. Y entre el lodo y el reflejo de las luces con las vías pensé “esto parece una película de James Bond”.
El taxista, yo creo que arrepentido, paró en una farmacia y preguntó por la distribuidora de Bonafont. “Está aquí” me dijo cuando regresó al coche. Y sí era ahí, pero ya no eran los distribuidores que yo estaba buscando, es decir, el taxista me ayudó sin darse cuenta.
Cerca de media hora esperé al gerente. Sentado como planta ahí sin moverme. Llegó, hablamos, me dio otro contacto.
Era tarde pero decidí arriesgarme. El taxista me esperaba y le dí la nueva dirección. La volvió a preguntar. “Esque soy nuevo en esto” confesó, aunque yo ya lo sospechaba. “Hoy es mi primer día de taxista”
Después de vueltas llegamos al otro lugar.
Toqué la puerta hasta el cansancio, hablé al celular que me habían dado, y en el momento que me iba a dar por vencido, unas luces de esperanza (los faros del coche) llenaron la oscura y empapada noche. “Son ellos” pensé y lo eran. Entré a su casa cerca de las ocho de la noche y hablé hasta convencerlos. Ya tenía dos distribuidores. Estaba orgulloso de mí. En menos de dos horas y en las condiciones más desfavorables había conseguido a dos distribuidores. Mi jefe estaría orgulloso de mí.
Regresé al hotel que no es tan feo como la ciudad, mañana me regreso temprano para no perder mi vuelo, pero ahora estoy aquí, escribiéndoles a todos ustedes que me leen, desde el último rincón de México.
Saludos


6 comentarios:
wow! cerca de 25 visitas en menos de 5 minutos!!
valió la pena vivirlo y valió la pena escribirlo
me voy a dormir ya, porque mañana hago el mismo trayecto. Casi 8 horas de camino!!
Me encanto! Como te dije, una novela, no estaria nada mal! Y que padre que estes conociendo tantos lugares, haber cuando nos lanzamos de aventureros. TE AMO
A mi no me aburrió. Gracias por compartirlo, Carlitos.
Un abrazo,
Luis Gerardo
Que ondas!!!
Ya ves que cuando escribes si estamos al pendiente?
que bueno que vivas muchas aventuras, en dado caso es mejor que estar trabajando tras un escritorio todo el dia. Es lo que le da eso especial a la chamba... Y bueno, los que no podemos salirnos del trabajo, al menos con estos relatos, estamos y disfrutamos contigo (sube muchas fotos!!!)
Je, debo de confesar que me cuesta trabajo imaginar ciertas cosas. como por ejemplo que andes manejando por alla, quiza por el sencillo hecho de que te conocí desde hace años, cuando no sabias manejar y aun estudiabas la prepa... Pero me doy cuenta de que el tiempo ha pasado y que eres una persona adulta y con un compromiso con la vida impresionante (iba a poner, ya creciste y yo soy un viejo chocho... pero ps mejor no, ja ja ja)
Un abrazo, duerme bien y porfavor escribe pronto va?
Edmundo
ya subí otra cosa. se llama asiento 7A pero apareció abajo de esta entrada
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