Bacon Paradise
La cajuela de la camioneta cerró con un fuerte golpe.
El olor a cerdo era penetrante y la sangre comenzaba a secarse en su mandil blanco.
Raúl era un asesino autorizado.
Cada vez que empuñaba fuerte el punzón afilado y deteniendo al animal, asestaba violentamente a su corazón, o cada vez que con una pistola eléctrica disparaba en su cuello, cada vez que los porcinos caían al suelo derrotados, una suave sonrisa amanecía en su cara. Disfrutaba con la muerte.
El día de hoy, se sentía satisfecho. Hacía mucho tiempo que no mataba tantos puercos, que no obtenía tanta carne. Sabía que su mujer estaría contenta.
Lomo, pierna, carnitas, chicharrón, tocino, jamón, esos grandes cuerpos inmóviles apilados en su camioneta eran su mina de oro. El colesterol, su materia prima, su alimento, su sustento.
En su casa, una dulce mujer lo esperaba.
La personalidad de Carmen claramente contrastaba con la de su marido. Ella, una mujer tan sensual y tan elocuente, él, tan salvaje e introvertido. La pareja perfecta.
Todas las tardes ella lo recibía con un abrazo profundo. En secreto disfrutaba del olor carnicero, y mientras él se preparaba para dormir, ella lo llenaba de palabras y palabras. Le platicaba de lo que había hecho en el día, de lo que había pensado, de lo que se había imaginado. Reía, cambiaba su tono de voz, movía las manos, gesticulaba. Raúl, la escuchaba sin mirarla. Se cambiaba de ropa, se lavaba las manos y la cara y se sentaba en la cama. Carmen seguía hablando hasta que se le terminaban las ideas. Luego, dormían abrazados.
Pero hoy, algo sería diferente. Una extraña sensación invadía el pecho del carnicero.
Raúl terminó de acomodar los cuerpos de los cerdos y partió hacia su casa.
La chapa de la puerta de su casa se sentía tibia. Tal vez alguien la había estado agarrando momentos antes.
Raúl comenzó a subir la escalera mientras se desabotonaba la camisa.
Un sonido extraño se escuchaba en su recámara.
Avanzó de prisa y se detuvo en la puerta. Dudó.
No había duda. Ese grito había sido de su esposa.
Lentamente, con la calma con la que asesinaba puercos, tomó el punzón afilado y lo apretó fuertemente.


1 comentarios:
Me cagan los finales abiertos, me trabo asqueroso. Me arden tanto que creo que si me gustan (primavera con una esquina rota ja que por cierto lo tengo desde hace años luego te lo llevo jajja) éxito charlas.
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