miércoles, mayo 27, 2009

Desde la otra frontera


Así es amigos, ahora estoy en Nuevo Laredo Tamaulipas, a unos cuantos pasos de la frontera, pero ahora de la del norte.

Llegué el martes en la tarde. En el vuelo, además de un exagerado ruido con el carrito de las bebidas y una espantosa voz de la sobrecargo, todo fue muy bien.

Al descender el avión, ya listo para el aterrizaje, empecé a ver las polvorientas carreteras del norte. El desierto y las trocas me hicieron recordar en que parte del país estaba ahora.

"Arriba el norte!!" pensé "...y si no me creen, que miren el mapa". El espíritu de todos mis hermanos voluntarios renacía en mi corazón al sentir que me acercaba cada vez más a esta tierra calurosa y no sólo de clima, sino sobre todo de personas tan abiertas y amables.

En el aeropuerto pregunté por la renta del coche. "¿Es posible que alguien pase su tarjeta de crédito en otra ciudad y que la deje como garantía en mi nombre?" le pregunté al encargado de Budget. "Sí, no habría ningún problema" dijo "a mi me mandarían de Monterrey la copia de la tarjeta de su compañero y yo podría darle el auto" todo parecía tan fácil... pero mi experiencia en renta de autos me decía lo contrario. Es tanto el relajo que se tiene que hacer por no tener una tarjeta de crédito (la cual piden FORZOSAMENTE para rentar uno) que ya sabía que las cosas no iban a ser tan fáciles como parecían.

Hablé con el gerente regional, ya era tarde. "Sí Charly" dijo "yo mañana paso mi tarjeta".

Para esto, yo ya estaba en el hotel. Un City Express como los de cualquier otro lugar: Austeros, con sus pasillos medio oscuros y sus lavamanos-mueble de una pieza que abarca todo el baño. Con sus aires acondicionados abajo de la ventana y sus persianas dobles. Todos iguales.

Había llegado al hotel después de una agradable charla con el taxista. Un hobre que no podía describirse mejor que con la palabra "norteño": bigote y asento incluídos. Abierto y sincero. Platicador. Me explicó que en Nuevo Laredo hay cerca de 7oo mil habitantes. Que según el gobierno son 300 o 200 mil, pero que estas cifras las dice el INEGI para no reconocer que son más y no tener que mandar más apoyo económico a la ciudad. Me dijo también, que la inseguridad no es tanta. "Yo creo que es como en todos lados" me explicaba "si te metes en problemas, pues los encontrarás, si eres tranquilo, y vienes a lo que vienes, no te pasará nada" yo le agradecí por ese consejo. Le pregunté además si era difícil cruzar la frontera. "No", me dijo "si tienes todos tus papeles en orden, no hay ningún problema" Hablamos también de las calles de la ciudad y de cómo era la gente aquí. En voz alta le dije mi conclusión "las calles son como las personas: todas derechas" Él sólo rió y yo me enchinaba el bigote para no parecer tan fuereño.

Trailers y nopales. Carreteras anchas y polvosas. Me acordé de las películas del sur de los Estados Unidos: el inicio de Men in Black, o los orígenes de Kate, la de Lost.

En fin, ya estaba yo en Nuevo Laredo.

Hoy en la mañana le hablé al gerente para recordarle lo de la tarjeta. "Íjole Charly, ¿para cuando lo necesitas?" dijo "¿cómo que "para cuando..."? pensé un poco enojado. Por eso le había mandado mails desde la semana pasada, para irle avisando. "Para hoy" le dije. "Ya estoy en Nuevo Laredo desde ayer" le recordé (pero creo que nunca se lo había mencionado) "Es que yo estoy en Monclova y no creo que haya una agencia aquí" dijo. "Háblale a Diego, él está en Monterrey y también tiene tarjeta. Le hablé. Quedó de hacerlo y a los pocos minutos me llama "¿Que crees Charly?" y yo ya lo veía venir..."que los de Monterrey dicen que necesito una carta corporativa de Kraft para hacer ese trámite" "Noooo" pensé. (y es que de verdad el coche es un instrumento muy necesario para la chamba que estoy haciendo. ¿Un Taxi? pensarán ustedes, pero uno no puede subirse a un taxi y decirle: lléveme por ahí a buscar un distribuidor o una tienda o a perseguir una camioneta de Bimbo)

Volví a hablar a la agencia de aquí y les conté con toda tranquilidad el problema que era conseguir la carta corporativa que necesitaban en Monterrey. "Olvidemos lo de Monterrey" me sugirió el encargado de Nuevo Laredo. "Que me envíe por mail copia de su tarjeta de crédito y de su credencial del IFE". Todo parecía resuelto.

"No me lo vas a creer Charly" me dijo Diego cuando le hablé para pedirle esas dos copias "no tengo Ai Di (ID). Hace poco me robaron mi cartera y lo único que tengo es la credencial de Sam´s" Ya se imaginarán mi sentimiento de frustración.

Volví a hablar a la agencia de N. Laredo y dijeron que no había problema. "De Sam´s y la credencial de su empresa"

En fin, se resolvió así.

Al llegar a la agencia parecía que habían contratado a la persona más inepta para entregar un auto. Y no quiero ser exagerado (bueno sí) pero de verdad era muy estúpido. Con decir que no sabía nada del contrato que me estaba haciendo firmar.

Interrumpo mi narración para escribir que en este momento se desató una estrepitosa lluvia. El cielo se ilumina completo y se escuchan muy fuerte los truenos. La luz parpadea en el hotel y una alarma de un automovil del estacionamiento se activó por el estruendo.

Continúo.

Los detalles de mi trabajo no los quiero relatar. Además de haberlo hecho todo el día, no quiero poner a recordarlo ya que...recordar es volver a vivir y estoy cansado.

Sólo diré que esto de prospectar distribuidores es toda una aventura. Perderse en ciudades desconocidas, sentir que todos te ven feo por tu acento chilango......

¿qué onda? La tormenta sigue y se escucha el aire a través de las puertas (el típico sonido de fantasma) jaja me siento en un hotel embrujado, y yo aquí escribiendo. Parecería que cuando me propongo escribir, las aventuras acuden de inmediato.

Continúo.

Estaba con lo de las aventuras de prospectar. Como decía es muy divertido y emocionante.

En mi perdida por la ciudad, pasé por un puente ferroviario y una fábrica vieja que me encantó. Todo abandonado y oxidado. El recuerdo de un esplendor ya olvidado. Unas excelentes fotografías se podrían sacar ahí, pero no traje cámara esta vez y aunque la hubiera traído, no podía detenerme ahí por ser una vía rápida.

Ya encontré distribuidores. Dos, y parece que los dos son buenos.

Hace rato, antes de sentarme a escribir, tenía unas inmensas ganas de una cerveza. Fui al restaurán de al lado del hotel pero ya habían cerrado. Eran las 11 y cerraron 1030. No me quería quedar con las ganas y decidí atravesar la avenida del hotel para llegar a una especie de local donde, además de tener una gran bocina que da a la calle y que todo el día tiene música ranchera, tambien venden arrachera, quesadillas y frijoles. Y donde se puede leer la frase "ya tenemos huevos al gusto". Ya estaba muy oscuro y la simple idea de atravesar esa avenida resultaba arriesgado: los trailers con sus grandes luces y el peligro de la noche en la ciudad fronteriza. Para hacer esto más dramático, la avenida tenía un pequeño muro de contención en el centro. Tenía que llegar primero a la mitad, luego, cruzar.

Lo hice y en el restauransucho no tuvieron cerveza. Mientras cruzaba de nuevo la avenida, con mi cigarro encendido, quise llevar más lejos mi aventura y me paré en el muro de contensión sabiendo que al contarlo o escribirlo, más de uno me iría a decir "ay Charly, siempre tan imprudente" aún así lo hice y pensé: "no pude tomarme mi cerveza, pero estoy haciendo esto que me gusta: arriesgarme" y como si lo hubiera mandado pedir, en la gran bocina del restauransucho Vicente Fernández cantaba "por darle rienda suelta a mis antojos..." Yo únicamente sonreí. "Lo tengo que escribir" pensé. Y heme aquí, de nuevo a las 12:35 de la noche concluyendo este relato para todos ustedes "desde la otra frontera"

lunes, mayo 18, 2009

¡Adios Mario!


Ayer domingo, Mario Benedetti, uno de los hombres que más admiro, falleció.

Para mí, fue más que un excelente escritor: su vida y su forma de ser dejaron huella en mi vida. Me duele su muerte. Muchos de sus textos los llevo dentro. Su literatura tan cotidiana y profunda, tan emotiva y simple, tan natural, me motivó a escribir muchos de mis poemas. Este viejito sonriente me acompañaba en muchas tardes en la Sierra de Durango, me ayudó a decir lo que sentía, y a encontrar mis propias palabras. Descanse en paz Mario Benedetti.


Los dejo con una nota de EFE y su poema Chau Número Tres.
¡Adios Mario!


Benedetti deja su obra y el aura de un hombre bueno, humilde y consecuente

EFE,
Bogotá hace 7 minutos


El escritor uruguayo Mario Benedetti, fallecido este domingo a los 88 años, fue recordado hoy no sólo por sus virtudes literarias, sino sobre todo por las humanas, como el hombre bueno, sencillo, consecuente y alegre que fue.
"Como diría (Antonio) Machado, un hombre en el mejor sentido de la palabra, un hombre bueno", dijo hoy a Efe el cantautor español Joan Manuel Serrat, quien se declara "amigo" de Mario Benedetti.
Serrat, que puso música a poemas de Benedetti en el disco "El sur también existe" (1985), destacó desde España el inmenso legado que ha dejado el escritor de Paso de los Toros a toda América Latina: "ideales de libertad, justicia y solidaridad".
El escritor chileno Luis Sepúlveda manifestó también su pena y anunció que se tomará un whisky a la manera en que le gustaba tomarlo al "queridísimo" autor de "La tregua" como homenaje.
"Me levanté de mala gana. Sólo me apetece emborracharme, pedir un whisky y decirle al camarero que me ponga el más humilde que tenga con una rodaja de limón", dijo hoy a Efe.
Durante la presentación del Salón Internacional del Libro Iberoamericano de Gijón (norte de España), Sepúlveda dijo que esta edición del certamen será un "gran homenaje" al hombre que afirmó que hay que de "defender la alegría como una barricada".
De Benedetti también habló hoy el poeta español y premio Cervantes Antonio Gamoneda, quien dijo sentirse "muy entristecido" por su muerte y lo definió como un hombre "humanamente muy necesario en el terreno del pensamiento social y en el de la honradez".
De los primeros en reaccionar a la muerte de Benedetti fueron el escritor y poeta colombiano radicado en México Álvaro Mutis, y el escritor portugués José Saramago, premio Nobel de 1998.
"Latinoamérica pierde a un escritor continental, un escritor cuya obra refleja el sentir de todos los países de la región", dijo Mutis a Efe este domingo poco después de conocerse la triste noticia.
"Era un carácter humano extraordinario", enfatizó Saramago, quien destacó que "Benedetti no guardaba rencor a nadie" y siempre vivió "en positivo".
El escritor cubano Miguel Barnet se manifestó "muy dolido" por la muerte de Benedetti, de quien dijo que alcanzó lo que más anhela un escritor, "ser popular", con sus poemas "para enamorar y para la lectura íntima".
En Uruguay, las reacciones por su muerte han sido numerosas y extremadamente elogiosas para alguien que consideraba que no había sido profeta en su tierra.
Para la escritora uruguaya Mercedes Vigil, el fallecimiento de Benedetti supone la pérdida de "una pluma reveladora y valiente" y deja "un vacío irrecuperable".
Hortensia Campanella, autora de la biografía "Mario Benedetti. Un mito discretísimo", opinó que en este momento de tristeza hay que sentirse "contentos de que la obra de Benedetti llegó a su plenitud hace ya algún tiempo" y de que "tanta gente en el mundo puede admirarla y sentirse acompañada por sus versos y por sus palabras".
"Sin duda hoy es un día muy triste para los uruguayos, pero tenemos que destacar la intensidad con que vivió Mario y la obra que nos deja", señaló la ministra de Educación y Cultura de Uruguay, María Simón.
El ex presidente uruguayo Julio María Sanguinetti (1985-1990 y 1995-2000) consideró hoy que Mario Benedetti fue autor de una "literatura pura" con la que consiguió introducir como protagonista en la poesía al "hombre común".
"Benedetti marcó una etapa muy importante en la literatura en su dimensión popular, al mostrar en ella al hombre común, el de la clase media, el oficinista, de todos aquellos que no eran objeto del protagonismo literario", afirmó Sanguinetti en declaraciones a Efe.
El subsecretario del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay, Felipe Michelini, destacó que Mario Benedetti vivió "en consecuencia con sus ideas y con lealtad hacia sus amigos", y auguró que "permanecerá por siempre en el corazón de los uruguayos".
Mario Benedetti "vivió y encarnó la identidad igualitaria del Uruguay", afirmó hoy el rector de la Universidad de la República (Udelar), Rodrigo Arocena, quien señaló que pese a ser uno de los uruguayos "con mayor proyección internacional", nunca dejó de lado su "sencillez" y su "tranquila manera de vivir".
La embajadora de España en Uruguay, Aurora Díaz-Rato, afirmó hoy que los españoles "sintieron enormemente" la muerte del Mario Benedetti, porque les "alimentó durante años con sus poemas".
La Casa de las Américas en La Habana rendirá mañana tributo a Benedetti, en la sala Che Guevara, "con una sesión especial de escritores, intelectuales en general y amigos", dijo hoy la embajadora cubana en Uruguay, Mariaelena Ruiz Capote.
En la otra orilla del río de la Plata, la muerte de Benedetti también causó hondo pesar.
El secretario argentino de Cultura, José Nun, definió a Benedetti como "un gran escritor, multifacético y un defensor inclaudicable de los derechos humanos y de las causas nobles".
"Benedetti fue un poeta que mantuvo una sonoridad preparada para educar a públicos esperanzados sin que cediera su trabajo sobre las ligaduras estoicas que llevan a meditar sobre la soledad, la muerte y el amor", destacó a su vez el director de la Biblioteca Nacional de Argentina, Horacio González.
Leer un poema de Mario Benedetti "es entrar en el mundo de uno mismo", dijo hoy el actor argentino Héctor Alterio al destacar la "sencillez y la originalidad" del autor uruguayo fallecido este domingo en Montevideo.
El chino Bai Feng Sen, traductor de la obra de Mario Benedetti, afirmó: él "me enseñó a comprender entre líneas los sentimientos de los intelectuales, sus dudas y las dificultades sociales que afrontan".
CHAU NÚMERO TRES

Te dejo con tu vida
tu trabajo
tu gente
con tus puestas de sol
y tus amaneceres.
Sembrando tu confianza
te dejo junto al mundo
derrotando imposibles
segura sin seguro.
Te dejo frente al mar
descifrándote sola
sin mi pregunta a ciegas
sin mi respuesta rota.
Te dejo sin mis dudas
pobres y malheridas
sin mis inmadureces
sin mi veteranía.
Pero tampoco creas
a pie juntillas todo
no creas nunca creas
este falso abandono.
Estaré donde menos
lo esperes
por ejemplo
en un árbol añoso
de oscuros cabeceos.
Estaré en un lejano
horizonte sin horas
en la huella del tacto
en tu sombra y mi sombra.
Estaré repartido
en cuatro o cinco pibes
de esos que vos mirás
y enseguida te siguen.
Y ojalá pueda estar
de tu sueño en la red
esperando tus ojos
y mirándote.
Mario Benedetti

miércoles, mayo 13, 2009

Desde el último rincón de México


Todo empezó ayer en la tarde, Cerca de las 4 yo había acabado mi trabajo: prospectar y entrevistarme con clientes para Kraft. Decidí irme al Cañón del Sumidero. Tomé la carrretera de Tuxtla Gutierrez rumbo a Chiapa de Corzo. Llegué al muelle, solo y pregunté por los barcos que van hacia el Cañón. Un joven me empezó a explicar y en eso llegó una pareja. Un gringo y una señora de Coatzacoalcos. El lanchero nos explicó que el recorrido por el cañón es de 2 horas y media y tenía un costo de 144 pesos por persona. Pero como no habia suficientes personas tenía que ser viaje especial $1400 por viaje. La pareja no quería pagar lo que le correspondía y el lanchero nos sugirió irnos más adelante. “En el mero pueblo hay más gente” dijo. “Tal vez ahí sí se complete el viaje”
Nos fuimos.
En el pueblo, otro lanchero nos dijo que el viaje completo ya no se podía hacer. Era tarde y comenzaría pronto a llover. “Con la lluvia, el barco puede ser aventado por el aire contra las rocas” Nos sugirió el viaje de 1 hra 45 por 900 pesos.
Subimos a la lancha y comenzó el viaje.
Las palabras para describir el Cañon del Sumidero podrían quedarse cortas para explicar la belleza de ese lugar. Unos acantilados de cerca de un kilómetro con una vegetación impresionante. Un recorrido de 22 kilómetros por el río, solo para nosotros tres.
Estaba emocionado. Visitando una de las futuras maravillas del mundo. Pude ver un gran cocodrilo en estado natural, monos araña y diferentes aves de muchos colores. Realmente impresionante.
Nos llevó por el acantilado donde los indios Chiapas se suicidaron hace años, para no ser esclavizados por los españoles. Conocimos también la cueva del silencio: un lugar oscuro y húmedo a las orillas del río. Yo tomé fotos con mi cámara de rollo, como todo un profesional.
También tomé fotos con el celular y se las mandé por mensaje a mi hermano, a Angie y al Bove. Sabía que ellos disfrutarían conmigo.
Más adelante perdí la señal de celular.
Las cosas se comenzaron a complicar cuando, ya de regreso, el lanchero intentó hablar por su celular con un amigo. Le pidió de favor a la señora de Coatzacoalcos que se comunicara con un tal Elesquiel o algo así. Yo empecé a sospechar algo y le pregunté: ¿Se te acabó la gasolina? Él dijo “No, todavía nos queda poquita”.
El lanchero logró comunicarse, pero ya no teníamos combustible y todavía estabamos lejos, dentro del cañón. Nos hicimos a la orilla del gran río Grijalva y comenzamos a esperar. Como si fuera planeado, en ese momento empezó a llover como sólo he visto una vez en mi vida. El cielo entero se nos vino abajo.
El lanchero puso la lona para taparnos, pero parecía una burla. El agua entraba por todos lados.
Después llegaron los salvadores. Nos dieron gasolina y se fueron. Nosotros seguimos nuestro camino de regreso con un gran muro de agua frente a nosotros. El agua caía en forma horizontal y yo iba sentado hasta adelante. Con la lancha corriendo en dirección opuesta a la lluvia, pasó lo que tenía que pasar: quedé empapado hasta los calzones. La lluvia golpeaba mi cara tan fuerte que dolía, y el agua se metía entre el chaleco salvavidas y la playera, entre mis pantalones, por todos lados. Intentaba proteger la cámara pero era inútil.
Me coloqué en la proa de la lancha, acostado. Y pensé que estaba viviendo una película: Solo, perdido en el cañón del sumidero, con la amenaza de chocar en cualquier momento contra las grandes rocas de los costados, sin contar los cocodrilos.

Llegamos al muelle hechos una sopa. Me despedí de los señores, con el gringo había platicado de los indígenas mexicanos y de Loussiana, todo en inglés. Creo que me tomó cierto cariño, porque yo hablaba mejor inglés que su mujer.

Hoy tenía que salir temprano de Tuxtla rumbo a Tapachula. Tenía que estar en mi destino a medio día y no conocía la carretera. Me desperté a las 7. Pero entre el aire de las llantas, unos Cd´s que fui a comprar para no dormirme en carretera, la gasolina que el día anterior había llenado y con una sola ida al Wallmart se había terminado, y el hecho de no encontrar la bayoneta del aceite, terminé saliendo de Tuxtla cerca de las 10.
Y comenzó mi viaje hacia el último rincón de México.
Primero, la carretera lucía normal, pero conforme fui avanzando e iban pasando los kilómetros, la selva me iba envolviendo. Cuando vi varios furgones militares, recordé en qué estado de la República me encontraba. “A ver si veo algún zapatista” pensé. Pero no. Lo que sí vi, fueron toda clase de animales. Desde una gran víbora zigzagueando a media carretera (logré pasarla entre las dos llantas del coche), hasta un pájaro amarillo con negro con colores tan vivos como un anuncio de cámara digital o impresora. También vi en la carretera como el coche de adelante atropellaba a una iguana y como ésta se retorcía con movimientos epilépticos, hasta que se recuperó. O murió. (No supe, pero se quedó quieta).
Los kilómetros pasaban y yo disfrutaba de la música de los Fabulosos Cadillac. Por unos momentos me sentí conectado con todo mí alrededor. Mientras las cumbias de Vicentico me acompañaban y la selva me envolvía, algo de Chiapas se iba quedando en mi corazón.
Cerca de la una de la tarde, llegué a un pueblo que se llama Pijijiapan. Ahí vi una desviación hacia la playa. El símbolo azul en la carretera que muestra una palmera y un poco de arena me invitaba a desviar mi camino. “Es mi oportunidad” pensé. Y aunque ya era tarde para otra locura, decidí experimentar. Me metí por la carreterita que me llevaba a Chocohuital. Un camino que aunque estaba pavimentado, parecía que nadie había pasado por ahí hacía años. Después vi una camioneta y pensé “Sí hay personas” La idea de una playa virgen me invitaba a seguir avanzando. “Éste soy yo” pensé, “aventurero hasta el fin”. Recordé la canción “Soy un explorador solitario….”
Llegué al lugar. Tres pequeños restaurantes con señoras gordas acostadas en hamacas y un muelle.
En cuanto acomodé el coche debajo de un árbol, apareció una de las señoras anchas a decirme que me cobraría 20 pesos por estacionar el coche ahí, y como no tuvo cambio, me pidió que le pagara a mi regreso. Le pedí permiso de cambiarme en su baño, por si me metía al mar.
Les pregunté a los jóvenes del muelle cuanto me cobraban por atravesar lo que ellos llaman “Mar Muerto”: un pequeño estero entre tierra firme y la playa, como una laguna de mar.
“Siete pesos” dijo y me pareció poco.
Atravesamos.
Recordé que en alguna ocasión al ver un mapa, me había preguntado como serían esas lagunas de mar y de que ancho sería la franja de tierra que está pegada al mar.
Me preguntó cuanto tiempo estaría en la playa, y yo le comenté que solo comería y caminaría un poco.
Dicho y hecho. Caminé por la dichosa playa, que para ser sinceros me decepcionó un poco, la arena negra y el mar un poco turbio. Y comí unos camarones empanizados que pedí con algo de asco luego de ver que el restaurante tampoco era como lo había imaginado.
Aunque los pedí con miedo, los camarones resultaron estar muy ricos y la vista al mar me relajó.
No podía continuar así. Después de comer y sumado al cansancio de la carretera, el sueño era inevitable. Le pedí a la señora del restaurante su hamaca para echar una siesta. “Un favor” le dije “si no me despierto en 10 minutos, ¿me podría despertar usted?” “Sí joven, con confianza” y dormité un poco.
Regresé por la carreterita hacia mi ruta original. Árboles gigantescos y vacas anoréxicas me saludaban desde ambos lados.
“Ahora sí, directo a Tapachula” pensé, cuando retomaba la autopista. Pero en ese instante, se desata la tormenta. Otra vez, esa cortina impenetrable de agua. Ahí me invadió la soledad. A pesar de estar en contacto todo el día con Angie, y un poco con mis papás, el sentir que iba hacia solo hacia un lugar que nunca había imaginado, me hizo pensar en lo triste que es a veces la vida.
Hasta yo me estoy aburriendo con lo que he escrito, así que iré más rapido.
Llegué a Tapachula. Un lugar espantoso. Parecía la terminal de Toluca cuando había ambulantes, pero así toda la ciudad. “Donde estará el hotel” pensaba. Pregunté a todo mundo y seguía lloviendo a cántaros. Llegué al hotel.
Eran las 6 de la tarde. Mi plan de llegar al medio día había fracasado. “No puedo regresarme mañana sin haber visitado por lo menos a un distribuidor” pensé.
Marque el teléfono de un prospecto que me habían dado y no lo pude localizar. Utilicé el directorio para encontrar a otro y sin pensarlo, me puse camisa, zapatos y un pantalón decente y salí a la calle a buscar un taxi.
En medio del agua tomé uno que pasó frente al hotel. Le di la dirección y me la volvió a preguntar. “2ª norte entre la 14 poniente y las vías del tren” dije. Y la preguntó cerca de cinco veces en el camino. Nunca dimos con el lugar y ya oscurecía. Nos perdimos entre las vías del tren. Y entre el lodo y el reflejo de las luces con las vías pensé “esto parece una película de James Bond”.
El taxista, yo creo que arrepentido, paró en una farmacia y preguntó por la distribuidora de Bonafont. “Está aquí” me dijo cuando regresó al coche. Y sí era ahí, pero ya no eran los distribuidores que yo estaba buscando, es decir, el taxista me ayudó sin darse cuenta.
Cerca de media hora esperé al gerente. Sentado como planta ahí sin moverme. Llegó, hablamos, me dio otro contacto.
Era tarde pero decidí arriesgarme. El taxista me esperaba y le dí la nueva dirección. La volvió a preguntar. “Esque soy nuevo en esto” confesó, aunque yo ya lo sospechaba. “Hoy es mi primer día de taxista”
Después de vueltas llegamos al otro lugar.
Toqué la puerta hasta el cansancio, hablé al celular que me habían dado, y en el momento que me iba a dar por vencido, unas luces de esperanza (los faros del coche) llenaron la oscura y empapada noche. “Son ellos” pensé y lo eran. Entré a su casa cerca de las ocho de la noche y hablé hasta convencerlos. Ya tenía dos distribuidores. Estaba orgulloso de mí. En menos de dos horas y en las condiciones más desfavorables había conseguido a dos distribuidores. Mi jefe estaría orgulloso de mí.
Regresé al hotel que no es tan feo como la ciudad, mañana me regreso temprano para no perder mi vuelo, pero ahora estoy aquí, escribiéndoles a todos ustedes que me leen, desde el último rincón de México.
Saludos

martes, mayo 12, 2009

Asiento 7A


(Escrito el lunes 11 de mayo en el avión México D.F.- Tuxtla Gutiérrez)


La vas escuchando a lo lejos. Primero no logras reconocer lo que dice. Después, comienzas a oir: "¿con hielo?" y el sonido del carrito moviéndose entre el pasillo.

-"Un jugo de manzana"-dice un pasajero dos filas atrás, y eso lo alcanzas a escuchar ya perfectamente.


Te estás despertando y antes de abrir los ojos, un leve movimiento de todo tu alrededor, te recuerda que estás en un avión.

Las voces ahora son claras, también los ruidos de los vasos de plástico y de las galletas al abrirse.


Llega tu turno. El carro está en el pasillo cerca de tí. Tu compañero pide primero: "un jugo de manzana" dice "con un hielo grande" y tú te preguntas por qué todaos piden un jugo de manzana. Sin sentirte influenciado por esa reflexión, pides lo mismo. Ya lo habías pensado desde antes y además, siempre pides un jugo de manzana en los vuelos nacionales.


Sin hambre, pero con cierto antojo, abres las galletas y sin darte cuenta ya te las has terminado. Con el jugo pasa igual: sólo dos traguitos y se acabó. Ahora sólo queda la basura en la ridícula mesita desplegable.


Miras por la ventana y reconoces poblaciones pequeñas. Piensas que estás en la sierra y te acuerdas de que siempre quisiste ver la sierra desde arriba. Pero no es la sierra. No hay elevaciones del terreno.


Le preguntas a la sobrecargo (a la cual nunca más llamarás aeromoza, porque minutos antes escuchaste una larga explicación dada a otro pasajero, en la cual dejaba claro que ya no son llamadas así) sabiendo que ella te aclarará la ubicación, pero recibes una respuesta negativa. "No sabría decirle, sólo sé que nuestro destino es Tuxtla". "Bien", piensas, "con eso tengo bastante".

El compañero de al lado ríe muy bajito y te molesta un poco que lo haga. "¿Qué no se supone que las azafatas (¿estará bien llamarlas azafatas?) deben saber por dónde vamos volando?" piensas.


Sin saber en dónde estás, te das cuenta que mirar por la ventana es un poco inútil, que despertarte por unas galletas y un jugo, no fue lo mejor.

Aún así, piensas en cómo te despertaste. Recuerdas que poco a poco: la vas escuchando a lo lejos.

Esa te parece una buena frase como para escribirla. Recuerdas también que hace mucho que no escribes y decides hacerlo.


Sacas de tu portafolio este cuaderno y esta pluma y comienzas a escribir.


Te das cuenta que lo estás haciendo por tí y por los otros. Todos esos que te leerán. Aquel amigo que te admira tanto, la prima que siempre se ríe con tus escritos, la novia que te lee en cuanto publicas, la hermana que lo lee en el mail y dos o tres personas más a las que siempre le alegras el día con tus palabras.


Te sientes bien por poder volver a escribir para ellos, pero te das cuenta que estás escribiendo en tercera persona. En segunda, mejor dicho. Hay algo de misterio en ello. Algo de máscara quizá, algo de mentira.

Por un instante, la idea de inventar una historia cruza por tu mente. Que el avión empieze a perder altura y no puedas salir por culpa del carrito de las bebidas. "No" piensas, seré fiel a lo que está pasando.


Sigues escribiendo como si se lo escribieras a otro y te sientes mal por eso. ¿Eres cobarde por no escribirlo en primera persona?, tal vez un poco, pero este simple cambio en la conjugación de los verbos te ayuda a soltar todo lo que estás viviendo. Como si se lo contaras a alguien, como si al escribirlo todo se fuera haciendo realidad.